Un país en emergencia

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La República Argentina se encuentra, desde hace tres años, sumida en una suerte de letanía administrativa, donde la maquinaria mediática gubernamental pretende hacernos ver a los argentinos una realidad ficticia, construída en laboratorios dirigidos por alquimistas y mercachifles, bien alejada de lo que en verdad le pasa a la gente de a pie.
Lo cierto es que hoy nos gobierna un Presidente legítimamente electo, pero que llegó al triunfo electoral cimentando su campaña sobre mentiras y falsedades muy bien vendidas, divinamente embaladas, con moño y todo, y entregadas a domicilio. Sólo basta recordar el debate previo a los comicios en el que nuestro candidato le señaló, una a una, sus falsedades que hoy comprobamos y padecemos.
El 2018 cierra de la peor manera, sin ningún índice favorable, y las promesas presidenciales de pobreza cero, brotes verdes, y lluvia de inversiones quedaron en la memoria de la gente como un mal recuerdo.
El comercio, la industria, la pequeña y mediana empresa, las economías regionales, nuestros jubilados, los asalariados, los trabajadores informales, los más vulnerables y los científicos, entre otros sectores, ninguno se salva del desquicio de este Gobierno Nacional que asumió jactándose de contar con el mejor gabinete de los últimos cincuenta años.
El año cierra con el 33,6% de nuestra población sumergida en la pobreza, el índice Riesgo País supera los 800 puntos básicos (esto significa que Argentina paga 8% de sobretasa cuando toma deuda), el nivel de endeudamiento ronda el 6% de nuestro PBI, la tasa de interés bancario oscila en el 70%, la inflación acumulada suma 48%, y la presión tributaria e impositiva supera el 26%. Éstos son algunos de los indicadores que exhibe nuestro país ante el mundo.
Éstos datos colocan a nuestro país dentro de ese grupo de naciones denominadas “en emergencia”, esas en las que las inversiones de riesgo siguen de largo, sólo vienen los capitales especulativos con el afán de sacar provecho de las ventajas que ofrece la “bicicleta financiera”.
Argentina se ha tornado un país imprevisible, y como consecuencia de la desidia y desapego del Presidente por el respeto a las instituciones y el republicanismo, hoy tenemos una democracia de baja intensidad, donde, con un golpe de decreto se toman decisiones trascendentales eludiendo al Parlamento, o se pretende nombrar jueces afines esquivando los pasos estipulados en las normas.
El Gobierno no escucha, o mejor dicho, sólo escucha a sus amigos, a los que piensan como él, o a sus socios, con los que hace pingües negocios.
Ante el escenario planteado, los argentinos tendremos, en 2019, la posibilidad de revertir esta situación por la vía democrática, y al igual que en 2015 habrá dos modelos, claramente contrapuestos, que se dirimirán en las urnas.
Por un lado, la continuidad de este experimento que encabeza Mauricio Macri, basado en el ensayo-error y en el si pasa, pasa, que no tiene miramientos a la hora de endeudarse e hipotecar al país por varias generaciones, que ha aniquilado lo mejor que teníamos: una clase media pujante, que ha vendido la independencia económica a los intereses del FMI, que entregó la soberanía política y la puso al servicio de la antipolítica, y que ha destruido el tejido social.
Y por el otro, todo lo contrario, la propuesta de un modelo de Nación inclusivo y contenedor, que privilegie el crecimiento sustentado en el desarrollo, que vuelva a impulsar la ciencia, la tecnología y la innovación como herramientas fundamentales del despegue del país, que recree la esencia que supo hacer de Argentina esa potencia mundial, reconocida por la pujanza de nuestra industria, que le devuelva al trabajador la dignidad y a los jubilados la calidad de vida, que levante bien alto las banderas de independencia económica, soberanía política y justicia social, pero por sobre todo, que enarbole la Celeste y Blanca como prenda de unidad entre los argentinos.
Por lo antedicho, Argentina necesita más que nunca que las fuerzas políticas de oposición conformen un gran frente nacional y democrático. Que se aglutine todo el progresismo opositor atrás de un programa de coincidencias básicas, para que se reinstale en la Casa de Gobierno un representante del pueblo, que entienda y atienda sus necesidades. Sólo así, la República Argentina volverá a ser esa gran Nación con que soñaron Belgrano, San Martín, Rosas, Yrigoyen y el General Perón.

(*) Presidente Consejo Nacional del Partido Justicialista. Diputado nacional (FPV-PJ).